Repaso de mi tránsito por la canica azul PRIMERA PARTE

No estoy seguro de que yo quisiera quedarme en este mundo: cuando tenía tres meses de edad me intoxiqué con unas pastillas que me recetaron para una infección y tal administración médica terminó en un paro renal al que poca atención he prestado en mi adultez. Estuve a menos de un minuto de la muerte, según cuentan, pero un pediatra joven y con hambre de heroísmo me trajo de regreso. Su valentía hipocrática me ha atado a esta vida por más de 40 años.

Nunca se me ha facilitado camuflarme en este mundo, recuerdo o me imagino –y sobre todo de esto irá esta larguísima reflexión– los primeros días del maternal en el Colegio Vermont en la calle Vereda del Pedregal de la Ciudad de México donde mi cochecito de recreo, un fórmula 1 digno de Ayrton Senna, vehículos plásticos y sin pedales a los que impulsábamos con nuestros piecitos, fue destruido al ser chocado por el de una compañerita (quien después, en la primaria, se convirtiera en la primera mujer en decirme que no quería ser mi novia). Recuerdo, o imagino, porque cabe señalar de una vez por todas que el ejercicio de memoria tiene mucho de creación, sentir que la nana que nos cuidaba en ese recreo me tomaba de la mano y me sacaba del parque vehicular como a un piloto que ha fallado en su misión de llegar antes que nadie a la bandera de cuadros.

Esa escuela, al sur de una CDMX (entonces llamada Distrito Federal) que para mí empezaba en el entronque de Desierto de los Leones y Av. Toluca y terminaba en Perisur, fue mi mundo los primeros años de mi vida y me marcó mucho más de lo que me gustaría aceptar, pero este ensayo no se trata sólo de hablar de mi experiencia cursando la educación básica, cosa que muchos con menos privilegio en este país ni siquiera logran, sino de un ejercicio de recapacitación que me debo desde hace mucho y donde creo que muchos lectores y lectoras habitantes de este monstruo se podrían ver reflejados también.

Recordar es, antes que nada, la principal forma de imaginación que nuestra mente puede regalarnos y, como todo regalo de alguien quien tiende a ser bromista e inestable, hay que desenvolverlo con cuidado. Los recuerdos pueden anquilosar creencias que determinan nuestra personalidad pero, ¿dónde está el peligro en esto? Podría ser en que recordar no es precisamente preciso; los recuerdos no son otra cosa que la interpretación del pasado mas la suma de aquello que ese momento nos hizo sentir y menos la resta de la objetividad del momento presente.

Volvamos entonces a la infancia. Aseguro recordar mucho de ésta, y en gran medida estos recuerdos han forjado gran parte de mi personalidad, por ejemplo: en el mismo colegio, un año después del incídete de los cochecitos, ya en Kínder 1, cuento que durante una clase con Miss Anita decidí salirme del salón para perseguir a una mariposa. Cuando se me reprendió y se me cuestionó el porqué de tal decisión, la historia cuenta que contesté: “porque es más interesante perseguir insectos que escuchar a esta señora”. ¡Vaya! Me encanta la elocuencia que podía tener a los cuatro años de edad, pero al mismo tiempo hoy, a mis cuarenta y uno, me parece difícil de creer, no que haya sucedido, sino que haya tenido la capacidad sin filtro de contestar eso. Sin embargo gran parte de cómo enfrento a la gente viene de creerme este relato. ¿Por qué tengo que pretender que me caes bien? Autocontestándome esta pregunta me he hecho de muchos enemigos, a quienes más me hubiera convenido seguir mostrándoles mi mejor poker face.

Pretender es uno de los desgastes más intolerables que nos auto imponemos y, al final del día, mantener estos engaños merma nuestra verdadera capacidad de apreciar lo que sí lo merece. Sin embargo, los contratos sociales a los que nos hemos adherido, ya sea por conveniencia, convicción o condicionamiento nos obligan a hacerlo en gran parte de nuestras interacciones diarias. Me pregunto qué pasaría si ese desparpajo que mi yo de cuatro años (se dice) pudo usar lo usáramos todos, sin resentimiento ante quien nos desaire ¿viviríamos en un mundo más transparente y por ende mas equitativo?

continuará…


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